2 jul. 2017

Ayer revivió Astor Piazzolla en el salón de casa, entre amigos

Este martes 4 de julio se cumplen 25 años de la muerte del compositor Astor Piazzolla y quisimos recordarle ayer en casa con una comida de bandoneones. Montamos un asado y en la sobremesa escuchamos su música viva, en vivo. Dado que nuestras normas no son de estricta observancia, junto a temas de lucimiento de Piazzolla como el prólogo de "The Rough Dancer and The Cyclical Night", "Decarísimo", "Jacinto Chiclana", "Revirado" o "Chiquilín de Bachín", se coló algún preludio de J.S. Bach y la "Milonga que peinas canas", que tan solo en apariencia no tienen que ver. La música de Astor Piazzolla es una de las mejores expresiones que la Argentina moderna ha dado al mundo y es bueno recordarlo con cualquier ocasión. Fue una bocanada de
aire fresco, el revulsivo que necesitaba el tango para librarse del anclaje en una época. La calidad de su producción (por encima de los 400 títulos) ha convertido al autor de “Cuatro estaciones porteñas” o “Adiós Nonino” en uno de los compositores latinoamericanos más interpretados en todo el mundo. 
Actuó en 1975 en el teatro Tívoli barcelonés con su quinteto, junto al saxofonista norteamericano de jazz Gerry Mulligan. Retornó en 1982 al teatro Victoria del Paralelo con un nuevo quinteto. En julio de 1985 actuó en el programa de TV3 “Ángel Casas Show”. A la salida fue con los músicos a tomar una copa al Bar Pastís, que conserva la foto del momento colgada en sus paredes como un relicario. 
Un asado celebratorio como el de ayer nunca será exactamente una barbacoa, ni siquiera una comida. Hablamos de cosas distintas. Ante todo, es un ritual de encuentro entre amigos. Contiene una parte inmaterial que le da atmósfera y sentido, un trato fáustico entre la solidez de los principios y la debilidad de la carne, un reflejo de la vida y su celebración. Un asado es, fundamentalmente, una cuestión sentimental.
La sobremesa vale por todo lo demás. El sueño dorado de cualquier argentino (o uruguayo), ya sea residente allí o expatriado aquí, es disponer en casa de un quincho con parrilla, un espacio abierto con la parrilla a punto. Algunos lo logran, sin embargo las instalaciones técnicas no son lo más importante. Hay parrillas de auténtica alta costura y otras sin más que el fuego en el suelo y un cacho de tela metálica. En el interior de algún pisito del Eixample, con una diminuta parrilla eléctrica, también pueden armarse asados y guitarreadas inolvidables. La técnica nunca debe ser una excusa ante el espíritu. En esta vida no se puede tener todo, pero debe intentarse. 
Vivir sin ilusiones terrenales, sin aplicarle la viceversa a los contratiempos equivaldría a subsistir como un becario sumiso, como un robot ignorante del hecho que la felicidad es compartir y que la sabiduría consiste en saber distinguir lo esencial de lo prescindible. La música de Astor Piazzolla y la amistad forman parte de lo primero.

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