8 jul. 2017

La carnosidad de un buen habano, desde antes de encenderlo

Muy, muy, muy de vez en cuando aun fumo un habano, más que nada para que no se pierda la costumbre. Me gusta desde antes de encenderlo, sobre todo antes de encenderlo. La ilusión de la pasión se enciende siempre antes de prenderle fuego, un instante que generalmente significa el inicio de su extinción. Primero de todo, la vistosidad de un buen habano presenta entre los dedos una carnosidad evidente, conseguida mediante un largo proceso manual de habilidades de elaboración, una escala de tonalidades tan solo comparable con el bronceado de la piel humana. De entrada, un buen puro se hace mirar. El tacto supera acto seguido la satisfacción de la vista, sobre todo cuando la turgencia del puro también es mérito del propio fumador, que ha
sabido conducir con sistemas domésticos de humectación la última etapa de su proceso vital de maduración, la última cabriola entre la necesidad de secar la hoja de tabaco y la ilusión de retornarle la plenitud.
Un buen cigarro se hace palpar con la yema de los dedos y responde con una ternura segura de su firmeza y de la disposición a ser compartida, como si también anhelara encenderse. La ternura no ha significado nunca fragilidad ni ablandamiento. 
Alargo los instantes en que aprieto con delicadeza un tejido celular vivo y propicio. Compruebo por la vía táctil un mundo de sensaciones que se disponen a ser consumadas, consumidas. Un buen cigarro se prepara. Tal vez nunca hizo más que eso. 
Solo pide que se esté a la altura al abordar la prueba definitiva: el arte de hacer coexistir la suavidad con la fortaleza, la rotundidad con la constelación de matices que le dan sentido, la llama con la reivindicación de la fecundidad de los caprichos del humo. Un buen cigarro se fuma, no se quema. 
El olfato es uno de los fundamentos del llamado fumar crudo, el fumar antes de encender. El cigarro desprende ya en frío una de sus gamas de aromas y anuncia algunas de sus intenciones. 
El oído, en cambio, tiene poco que esperar, y en todo caso nada bueno. Si la piel de un cigarro acercado al oído cruje, es lo peor que podía pasar, la prueba que nos disponemos a entrar en relación con un frígido cadáver más o menos exquisito.

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