17 jul. 2017

Una nueva filoxera avanza contra los olivos

La mortífera bacteria Xylella fastidiosa, procedente del continente americano, ha obligado a talar y quemar desde 2013 un millón de olivos en el sur de Italia. La producción anual de aceite de oliva ha caído un 38% en aquel país. La plaga fue detectada en Mallorca a finales de 2016 y por ahora se han talado 2.000 olivos y acebuches, de acuerdo con la normativa europea que obliga a quemar los arboles infectados y sus vecinos a cien metros a la redonda. Acaba de saltar a la Península, donde ha afectado una finca de almendros en Guadalest (Alicante). Las calamitosas heladas de febrero de 1956 redujeron a la mitad la superficie de
olivo en Catalunya, pero el cultivo fue recuperando terreno lentamente. Hoy, de los 2,6 millones de hectáreas de olivos en el conjunto de España, 114.000 corresponden a Catalunya.
La helada de 1956 congeló la savia en el interior de los troncos centenarios, hasta resquebrajarlos y matar al árbol. Los olivos son resistentes y algunos retoñaron, gracias a la vida conservada por las raíces más hondas, sobre todo en los terrenos de secano acostumbrados a una austera supervivencia. 
La naturaleza se basa en morir y renacer, en superar el efecto de las calamidades y jugar con la inmortalidad. Algunos olivos son viejos luchadores sobrevividos, por no decir resucitados. También por eso los vemos como un símbolo glorioso. Otros murieron, aunque con el paso de los años y la evolución de la rentabilidad del aceite de oliva fueron replantados. 
Me puedo pasar horas contemplando algunos olivos, el tronco prodigiosamente trabajado por el tiempo, el ramo que forman las hojas dotadas con la habilidad de ofrecer todo el año el color gris plateado en su reverso y el verde oscuro más luciente en el anverso, agitadas caprichosamente por el viento. 
El célebre poema del canónigo mallorquín Miquel Costa i Llobera dice: “Mon cor estima un arbre més vell que l’olivera, més poderós que el roure, més verd que el taronger”... Se refiere al pino de Formentor y tal vez se equivocó de árbol. Josep Pla, en su libro Les hores, no lo dudaba: “Mon cor estima un arbre... y ese árbol es un olivo de uno u otro país mediterráneo –me da igual. El pino es un árbol demasiado triste, demasiado romántico, demasiado teatral. El olivo es un árbol claro, de cara directa, humano, variadísimo, sin complejos, normal. El gran poeta se equivocó de árbol. Da igual. El canónigo tenia que pagar tributo a su tiempo, que aun era tan romántico”.

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